4 de febrero de 2008

A la zamorana

La muy noble y muy leal ciudad de Zamora. No tiene asociado, desde luego, el carácter de destino tursítico de otras localidades castellano-leonesas, como Salamanca o Segovia y sin embargo nos apeteció pasarnos por alli a ver algunas de las cosas más bonitas que guarda la ciudad.

Si, también aprovechamos para hacer compras pues realmente las rebajas no son un mero cuento en Zamora, al menos comparado con las de Madrid. Pero luego nos quedó mucho tiempo para recorrer una de las ciudades que más tesoros románicos guarda en su término, además de un museo arqueológico que podría ser la envidia de muchos museos más grandes o conocidos.

Zamora cuenta también con unos paisajes preciosos, muchos de ellos enmarcados por el curso del río Duero que cruza la ciudad y le insufla ese espíritu que sólo un gran río puede conceder. El Duero ofrece muchas posibilidades a Zamora.

No sólo se mantienen las Aceñas de Olivares, un conjunto de molinos situados en la parte Oeste de la ciudad, en la orilla del Duero desde al menos 1082 y que llegaron a ser siete. A mediados del siglo XII fueron donadas al Cabildo por el rey Alfonso VII y a finales del siglo XX se convirtieron en un Centro de Interpretación que desgraciadamente no pudimos visitar (y es que los horarios de visita en Zamora son un misterio).

Pero el Duero también guarda tesoros naturales incluso a su paso por una gran urbe. En mitad del cauce algunos ánades reales y zampullines compartían plaza con un Cormorán Grande (Phalacrocorax carbo) que secaba sus alas extendidas como las anhingas americanas, de las que es pariente más bien cercano.

Zamora es una ciudad para pasear. Cerca del río o por sus calles, atestadas a primera y a última hora y vacías a mediodía. Numerosos edificios antiguos comparten espacio con las iglesias románicas, cuestas de pendientes imposibles y ventanales de colores apagados.

La ciudad cuenta con varias rutas, destacando por supuesto la de las Iglesias románicas. Hay muchas, es denominada la Ciudad-Museo del Románico.

Según la web del Ayuntamiento, el casco antiguo alberga una veintena de iglesias de este estilo arquitectónico, de las que aproximadamente la mitad conservan su estructura primitiva casi íntegramente. Hemos hecho una brevísima selección y nos hemos quedado con tres de ellas (catedral aparte).

La primera es la Iglesia de San Cipriano,que no es de las más bonitas y que encima se nota mucho que está restaurada. Es la de la foto de arriba. Una sóla nave con triple cabecera. Pero lo más interesante son los releves que aparecen en su pared Sur.

Allí, embutidas en la piedra, se conservan figuras esculpidas en el templo primitivo como una sirena, el herrero Bermudo trabajando un yunque, un San Pedro con bonetey llaves, un crismón o un monstruo con numerosas cabezas (salvo la sirena, todas ellas en la foto). Restos de ajedrezado en los aleros de la iglesia románica completan el conjunto.

Esta iglesia está al lado de la nueva Biblioteca y en un alto donde se observa el nuevo Museo y una perspectiva preciosa de la ciudad, a la que contribuyen los numerosos nidos de cigueña blanca ya ocupados por las zancudas que se preparan para la época de cría.

Las cigueñas tienen suerte en Zamora. Sus nidos ocupan los tejados de muchas iglesias y palacios antiguos. Incluso en las plazas más importantes (como aquella que homenajea al caudillo lusiano Viriato) las cigueñas campan a sus anchas.

Otra Iglesia en la que merece la pena pararse un rato es la Iglesia de Santa María Magdalena. Según las guías de la ciudad, es una iglesia construida entre los siglos XII y XIII, de estilo románico tardío.

Se trata de un templo de una sola nave, de esbeltas proporciones, tramo recto y ábside semicircular. Destaca su ábside y sobre todo la portada de su fachada meridional que se halla bajo un rosetón y está formada por cinco arquivoltas.

Esta es la definición detallada de la guía. La información que aparecía en el panel informativo era todavía más compleja. Y entonces aparece una señora mayor (ya de edad, dirían mis abuelos) y nos sorprende preguntándonos si habíamos visto al obispo en la tercera arquivolta.

Y allí estaba. La decoración es muy llamativa y, al estilo de la rana de Salamanca, escondida se hallaba la figura ladeada de un obispo. En la tercera arquivolta. Por fin conseguimos saber con claridad qué leches era una arquivolta. Desde luego, no se me ocurriría poner un cartel explicativo sobre las encinas contando especificaciones de fisiología vegetal.

Cuánta información de nivel avanzado complica la asunción de información mínima de interés para los no profesionales. Agradecimos el gesto a la anciana, no así un otra pareja que salió huyendo por si les pasaba algo debía ser.


Otra iglesia encantadora, situada muy cerca del río Duero, es una iglesita del siglo XII denominada Iglesia de Santigo de los Caballeros. Y es que tiene historia que contar.

Bueno, si, es una Iglesia de planta rectangular, de reducidas dimensiones y ábside semicircular cubierto con bóveda de horno, con una ventana saetera en el centro (ésa es la que más llama nuestra atención).

Pero sobre todo es famosa porque se cree que aquí fue armado el mismísimo Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Dice el romance antiguo;

—¡Afuera, afuera, Rodrigo, - el soberbio castellano! Acordársete debría - de aquel buen tiempo pasado que te armaron caballero - en el altar de Santiago, cuando el rey fue tu padrino, - tú, Rodrigo, el ahijado; mi padre te dio las armas, - mi madre te dio el caballo, yo te calcé espuela de oro - porque fueses más honrado; pensando casar contigo, - ¡no lo quiso mi pecado!, casástete con Jimena, - hija del conde Lozano; con ella hubiste dineros, - conmigo hubieras estados; dejaste hija de rey - por tomar la de un vasallo.

Es curioso como habiendo leído (devorado) "El Cid" de José Luis Corral, no logre recordar si este dato aparece en tan excepcional novela. En cualquier caso, sea real o sea leyenda, esta iglesia apartada del núcleo principal y cercana a la muralla tiene un encanto muy especial. E imaginar y soñar es bien barato.

Otras dos sorpresas nos deparaba todavía la ciudad. La primera, dentro de la Catedral. Ésta es pequeña pero espectacular. Es también románica y del siglo XII; se sitúa en el extremo del casco antiguo de la ciudad. Tiene tres naves, una robusta torre (véase la foto del inicio) y una cúpula de estilo bizantino muy característica.

La sobria ornamentación de la cara Sur, dice el folleto, muestra analogías con el Maestro Mateo, el constructor original de la Catedral de Santiago de Compostela.

Pues bien, recorriendo sus salas nos encontramos con algo verdaderamente sorprendente. Nos encontrábamos en la Capilla de San Juan, donde se encuentra un espectactular y gótico enterramiento, la cripta del Doctor Juan de Grado. Enfrente, un arcosolio (un arco que alberga un sepulcro abierto en la pared).

Pues bien, en su interior se hallaron en unas excavaciones un conjunto de figuras (posiblemente del siglo XV) dispuestas a formar parte de alguna fachada pero que se quedaron guardadas aquí, a cobijo, evitando los efectos de la erosión, la contaminación, la lluvia o el hielo.

Son delicadas y merecen una mejor exposición. Especialmente resaltables son las de los evangelistas, realizadas con una maestría digna de figurar en las guías de la catedral (pero no es así, curiosamente).

Otra sorpresa nos depara el Museo de Zamora. El concepto museístico es innovador y aunque no llega a la excelencia del MARQ, es digno de visita y atención.

Hay piezas interesantes (no puedo evitar centrarme en el periodo ibérico y romano). Desde un brazo de bronce de una estatua militar de Septimio Severo a la recopilación de numerosas joyas y torques de tesorillos ibéricos y celtas que se han hallado en la provincia.

Nos recomendaron vívamente este Museo durante la visita a Egipto y salimos encantados. Está situado en el Palacio del Cordón (y parte de su infraestructura interior aparece resaltada en el Museo) y se completa con la cercana Iglesia de Santa Lucía, que alberga los fondos de la Institución a modo de almacén. Forman un conjunto realmente sobresaliente.

Con el tiempo muy apurado (pero que incluso nos permitió echar una ojeada a una exposición temporal sobre un artista zamorano excepcional, Castilviejo), hubimos de ver muchas salas a una velocidad mayor que la que hubiéramos deseado. Tendremos que volver, sin lugar a dudas.

Un par de apuntes, para finalizar. Uno gastronómico. Como es natural, elegimos comer en un típico restaurante zamorano y aprovechamos para pedir viandas de la tierra.

Todo a la zamorana, pedimos. Setas a la zamorana. Mollejas a la Zamorana. Y arroz a la zamorana. Todo buenísimo, excepcional presentación también.

En todos los casos, especialidades muy solicitadas en los restaurantes de Zamora. Y en todos los casos se trata de platos de origen campesino, cuyos ingredientes principales son productos cárnicos procedentes de la matanza del cerdo. Tienen un aroma y un color rojo característicos: se usa, abusivamente, el pimentón. Desde luego, una comida para recordar.

Y no quiero olvidar incluir otro romance, bien merecidamente, en esta entrada de Isla Muir dedicada a Zamora. Se trata de la historia del Portillo de la Traición, muy cercano a la Catedral y a la Iglesia de San Isidoro, y lugar en el que, de acuerdo con el romancero, aquí tuvo lugar un hecho decisivo en la mítica historia del Cerco de Zamora (Zamora no se tomó en una hora, dice el dicho popular).

En resumen, Fernando I , rey de Castilla, murió en 1065 y dejó repartido su reino entre sus hijos: Galicia para Don García, Castilla para Sancho II, León para Alfonso VI, Toro para Doña Elvira y Zamora como Reino de Doña Urraca.

Según la tradición, el Reino correspondía al hijo mayor, en este caso Don Sancho, quien naturalmente se negó a aceptar el testamento, y arrebató Galicia a Don García, haciéndole prisionero; Alfonso tuvo que huir a Toledo bajo la protección del rey moro Mamum.

Después de tomar Toro, puso cerco a Zamora, "la bien cercada", y su muralla resistió el asedio durante más de 7 meses. Las condiciones de vida se hacían muy difíciles y el hambre empezaba a hacer estragos. Ocurrió entonces que Bellido Dolfos, un gallego (probablemente) que se encontraba en Zamora, salió de la ciudad y se declaró vasallo de Don Sancho, quien le tomó bajo su protección.

Un día, con el pretexto de enseñar al Rey Don Sancho una puerta por donde entrar en Zamora y romper su cerco, se alejó con él del campamento sin más compañía. El Rey sintió una repentina necesidad y apeándose del caballo entregó su daga a Bellido Dolfos, momento que este aprovechó para hundírsela en el pecho y emprender una veloz galopada hacia el portillo que aún hoy día se denomina “de la traición”.

El Cid, que presenció la escapada desde lejos, montó precipitadamente a caballo, sin tiempo para calzarse las espuelas, pero no pudo alcanzarle. El Rey Sancho II murió poco después en el campamento, acusando de su muerte a Bellido, y los castellanos, ya sin Rey, levantaron el cerco a Zamora. El Rey Alfonso VI regresó de Toledo y después de prestar juramento ante el Cid Campeador de "no haber tenido arte ni parte en el asesinato de su hermano" tomó posesión del reino. En extremo rencoroso y vengativo, desterró al Cid Campeador. Antes había mandado atar a Bellido Dolfos a las colas de 4 caballos muriendo de esta manera descuartizado.

El Romance del Rey Sancho lo deja claro:

-¡Rey don Sancho, rey don Sancho!, no digas que no te aviso,que de dentro de Zamora un alevoso ha salido;llámase Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido,cuatro traiciones ha hecho, y con esta serán cinco.Si gran traidor fue el padre, mayor traidor es el hijo.Gritos dan en el real: -¡A don Sancho han mal herido!Muerto le ha Vellido Dolfos, ¡gran traición ha cometido!Desque le tuviera muerto, metiose por un postigo,por las calle de Zamora va dando voces y gritos:-Tiempo era, doña Urraca, de cumplir lo prometido.